Cultura, memoria y nuevas miradas para recuperar las voces que durante siglos quedaron fuera del relato oficial.

Cuando los niños descubren que el pasado también les pertenece.
La Hemeroteca de Yucatán representa, en ese sentido, un auténtico tesoro.
Especial de Baúl del Sol
En un mundo que corre a la velocidad de una pantalla, donde los teléfonos celulares ocupan buena parte de la atención de niñas, niños y jóvenes, hablar de cultura, memoria e historia podría parecer un ejercicio reservado para especialistas. Sin embargo, quizá sea precisamente ahora cuando resulta más urgente volver la mirada hacia aquello que permanece cuando una pantalla se apaga: la memoria, los documentos, las voces y las historias que explican quiénes somos.
En Yucatán, esa reflexión adquiere una dimensión especial a partir de la exposición fotográfica “Miradas Femeninas, Cultura, Material y Representaciones de América Latina y el Caribe”, inaugurada con la participación de la secretaria de la Cultura y las Artes de Yucatán, Patricia Martín Briceño, quien puso sobre la mesa una deuda histórica que no puede seguir inadvertida: la necesidad de contar la historia de América Latina y el Caribe también desde la perspectiva de las mujeres.
Porque durante siglos se habló de guerras, tratados, conquistas, gobiernos y grandes acontecimientos desde una narrativa predominantemente masculina. Pero detrás de cada conflicto hubo familias; detrás de cada tratado hubo comunidades que debieron reconstruir su vida; detrás de cada generación de hombres que partió a luchar hubo mujeres que sostuvieron hogares, cuidaron enfermos, educaron a los hijos, alimentaron familias y mantuvieron vivas las costumbres.

La historia, recordó Martín Briceño, no solamente se construye en los campos de batalla ni en los salones donde se firman tratados. También se construye en las cocinas, en las casas, en los patios, en las escuelas, en los talleres y en todos aquellos espacios donde las mujeres han desarrollado una tarea silenciosa pero fundamental: hacer posible la continuidad de la vida y transmitir los saberes de una generación a otra.
La historia que no siempre aparece en los libros
La exposición plantea precisamente esa otra mirada. A través de imágenes y representaciones recorre distintos momentos de América Latina y el Caribe para mostrar la relevancia de las mujeres en la construcción cultural y social de la región.

No se trata solamente de recuperar los nombres de mujeres que alcanzaron notoriedad pública y que ya forman parte de los relatos históricos. La propuesta va más lejos: reconocer también a las mujeres anónimas, a las madres, abuelas, maestras, artesanas, cuidadoras y trabajadoras que, desde la cotidianidad, han sido portadoras de patrimonio.
Hay una expresión que sintetiza de manera extraordinaria esa función: lengua materna.
No es casualidad, explicó la funcionaria, que se utilice esa expresión. Es desde el hogar, principalmente a través de madres y abuelas, donde niñas y niños aprenden las primeras palabras, los modos de nombrar el mundo y buena parte de los conocimientos que después se convierten en identidad.

Lo mismo sucede con las artesanías, las tradiciones, las fiestas, las técnicas, las historias familiares y el patrimonio intangible. Son conocimientos que no necesariamente aparecen en grandes documentos oficiales, pero que sobreviven porque alguien los enseñó, los practicó y los transmitió.
Durante mucho tiempo esas actividades fueron consideradas menores frente a los grandes acontecimientos políticos y militares. Hoy, sin embargo, adquieren una nueva dimensión: son parte esencial de la historia.
Y reconocerlas significa también dignificar el trabajo de quienes hicieron posible que una cultura no desapareciera.
Una deuda histórica que comienza a saldarse
Martín Briceño también se refirió a una deuda histórica mucho más amplia: la manera en que se ha contado la historia de América Latina y el Caribe.
La conquista española significó un profundo proceso de transformación para los pueblos originarios. Hubo intercambio cultural, pero también violencia, imposiciones y procesos que buscaron desplazar lenguas, costumbres y formas de entender el mundo.

El español terminó convirtiéndose en lengua franca en amplios territorios, mientras numerosas lenguas originarias enfrentaron procesos de desplazamiento. Parte de la historia también fue silenciada o contada desde una sola perspectiva.
Por ello, las nuevas iniciativas culturales representan una oportunidad para abrir el relato y escuchar otras voces.
En ese contexto, la exposición reúne el respaldo de diversas instituciones culturales, centros y fundaciones españolas, bajo una visión que busca fortalecer los vínculos culturales entre España y América Latina, pero también generar nuevas narrativas sobre un pasado compartido que todavía tiene muchas páginas por explorar.
La cultura, en este sentido, deja de ser únicamente contemplación. Se convierte en una herramienta para comprender, cuestionar y reconstruir la memoria.
Cuando los niños descubren que el pasado también les pertenece
Pero hay otra batalla cultural que se libra todos los días y que quizá resulte todavía más importante: conseguir que las nuevas generaciones vuelvan a interesarse por la historia en una época dominada por las pantallas.
La Hemeroteca de Yucatán representa, en ese sentido, un auténtico tesoro.
Martín Briceño explicó que una de las prioridades de la Secretaría de la Cultura y las Artes ha sido acercar estos espacios no solamente a investigadores y académicos, sino también al público general, a las juventudes y a las infancias.
La experiencia resulta reveladora.
Cuando niñas y niños entran a la hemeroteca, dejan por un momento el teléfono celular, se alejan de las pantallas y comienzan a descubrir periódicos, fotografías, titulares, tipografías y documentos que pertenecen a otras épocas.

Pero ocurre algo todavía más interesante: descubren que esos documentos hablan también de ellos.
Pueden buscar qué sucedía en el mundo cuando nacieron, qué noticias aparecieron cuando sus padres se casaron, qué ocurría en Mérida el día de su cumpleaños o qué acontecimientos marcaban la vida de sus abuelos.
De pronto, la historia deja de ser una materia escolar y se convierte en una experiencia personal.
El periódico que parecía viejo adquiere significado. Una fecha se transforma en recuerdo. Una fotografía puede convertirse en una puerta hacia una conversación familiar.
Eso es cultura viva.
No aquella que permanece encerrada detrás de una vitrina, sino la que consigue provocar preguntas y conectar a una generación con otra.
La memoria como patrimonio
Desde el inicio de la actual administración, explicó la secretaria, se han impulsado actividades dirigidas a públicos diversos. La Hemeroteca recibe investigadores de alto nivel, pero también busca convertirse en un espacio accesible para quienes quizá nunca habían considerado acercarse a un archivo histórico.

Exposiciones periódicas, actividades para las infancias y propuestas relacionadas con la vida cotidiana buscan precisamente romper la distancia que muchas veces existe entre las instituciones culturales y la sociedad.
Porque conservar un documento no tiene sentido si nadie sabe por qué debe conservarse.
Y preservar la historia tampoco basta si las nuevas generaciones no encuentran en ella una razón para sentirse parte de una comunidad.
Por eso, la cultura tiene hoy un desafío enorme frente a las pantallas: no competir necesariamente contra ellas, sino demostrar que existen historias capaces de despertar una curiosidad que ningún algoritmo puede sustituir.
La exposición “Miradas Femeninas, Cultura, Material y Representaciones de América Latina y el Caribe”, que permanecerá abierta aproximadamente un mes, se suma a esa tarea.
Su mensaje es particularmente oportuno: mirar nuevamente la historia para descubrir que no está completa si solamente se cuenta desde una perspectiva.

El verdadero relato está en todas las voces
En Baúl del Sol hemos sostenido que la cultura también es una forma de desarrollo. Y quizá pocas veces esa idea resulta tan evidente como ahora.
Un pueblo que conoce su historia tiene más herramientas para comprender su presente. Una sociedad que reconoce a quienes fueron invisibilizados puede construir una identidad más amplia. Y una infancia que descubre que el periódico de hace décadas puede contarle algo sobre su propia familia comienza a entender que la memoria no pertenece exclusivamente a los historiadores: nos pertenece a todos.
Las mujeres estuvieron allí cuando se libraron las guerras. Estuvieron allí cuando se firmaron los tratados. Estuvieron allí cuando las comunidades tuvieron que levantarse después de los conflictos. Estuvieron allí educando, alimentando, cuidando, trabajando y transmitiendo conocimientos.
Y siguen estando.
La diferencia es que hoy existe una voluntad creciente de mirar esas historias con otros ojos.
Quizá esa sea una de las grandes tareas de la cultura en este tiempo: recuperar aquello que parecía cotidiano para demostrar que también era histórico.
Mientras las pantallas cambian cada segundo y los teléfonos nos ofrecen miles de estímulos, un viejo periódico permanece quieto esperando que alguien lo abra.

Entre sus páginas puede estar la noticia del día en que nacimos, el acontecimiento que cambió la vida de nuestros padres o la historia de una mujer cuyo nombre nunca apareció en los grandes libros, pero que hizo posible que una familia, una comunidad y una tradición continuaran existiendo.
Ahí está el verdadero tesoro.
Porque cuando una niña o un niño descubre la historia, no solamente aprende lo que ocurrió antes de su llegada al mundo.
Descubre también que él, ella y su propia familia forman parte de ella.
Y entonces la cultura deja de mirar hacia atrás.
Se convierte en una manera de construir el futuro.
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