Todos tenemos una historia qué contar: Las corbatas de papá: los lentes de los muertos siguen viendo

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Ricardo Guerra y la literatura como salvación de la memoria.

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Cuando el dolor se convierte en literatura.

Lo mejor que le puede pasar a un escritor son cosas malas.

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En medio de la música, las luces y el bullicio de la Noche Blanca en el centro histórico de Mérida, hubo una conversación que escapó del espectáculo para instalarse en un territorio mucho más íntimo: el de la memoria, el dolor y la escritura como puente entre seres humanos.

Sobre la calle 62, entre asistentes que iban y venían buscando arte y cultura, el escritor Ricardo Guerra de la Peña habló de literatura no como un privilegio intelectual, sino como un acto profundamente humano: la necesidad de contar lo vivido para descubrir que nadie está realmente solo.

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Su historia personal —marcada por pérdidas, adicciones, reconstrucciones emocionales y una obstinada necesidad de escribir— termina revelando una verdad elemental: todos, sin excepción, tenemos una historia qué contar.

La infancia de un narrador

Ricardo recuerda que comenzó a escribir desde los ocho años. Mientras otros niños cantaban o bailaban en festivales familiares, él inventaba cuentos.

“Como no era habilidoso para ninguna otra cosa”, dice entre risas, encontró en las historias un espacio propio. Su primer relato hablaba de unos gatos que se comunicaban con sus dueños escribiendo con croquetas. Una ocurrencia infantil que, sin embargo, le dejó una revelación definitiva: la escritura podía conectar a las personas.

Ese descubrimiento marcaría toda su vida.

Desde entonces, escribir dejó de ser un pasatiempo para convertirse en una forma de existir. Primero vinieron los cuentos, luego las canciones —escribió la primera a los seis años— y más tarde la decisión de estudiar letras modernas y posteriormente escritura creativa en el Claustro de Sor Juana, en la Ciudad de México.

Pero incluso dentro de las aulas descubrió que el verdadero oficio literario no depende exclusivamente de los títulos académicos.

La literatura no pertenece a una élite

Uno de los aspectos más reveladores de la conversación es la manera en que Ricardo desmonta el mito del escritor inaccesible o iluminado. Para él, la literatura nace mucho antes que la técnica: surge de la necesidad de compartir una experiencia humana.

Todos tenemos una historia”, insiste.

Por eso, desde 2019 imparte el Taller Intensivo de Narrativa y actualmente se desempeña como maestro de narrativa en la Escuela de Creación Literaria del Centro Estatal de Bellas Artes. Además, mantiene un taller independiente en la José Martí, donde cada martes decenas de participantes llevan textos para comentarlos colectivamente.

No cobra cuotas fijas. Habla de “un cochinito”, una cooperación voluntaria que permite sostener el espacio.

Ahí llegan jóvenes, adultos, estudiantes, personas sin formación literaria y también egresados de carreras de letras. Algunos con talento natural, otros apenas comenzando. Y es precisamente ahí donde Guerra encuentra una de las lecciones más importantes del oficio.

“El talento no basta”, afirma.

“La inspiración se encuentra trabajando”.

El rigor detrás de la sencillez

Ricardo reconoce que muchas personas creen que escribir consiste únicamente en sentarse y dejar salir ideas espontáneamente. Pero detrás de un texto aparentemente sencillo existe una disciplina feroz.

Confiesa que sus primeros borradores son caóticos, llenos de errores ortográficos y frases inconclusas. Lo importante, explica, es no detenerse. Luego viene el verdadero trabajo: corregir durante horas un mismo párrafo hasta encontrar la precisión emocional y narrativa.

“Escribir sencillo es lo más difícil”, asegura.

Esa honestidad también se refleja en la forma en que analiza a quienes llegan a sus talleres. Hay personas con gran sensibilidad, pero sin disciplina; otras quizá menos brillantes inicialmente, pero capaces de escribir todos los días, corregirse y construir oficio.

Y es justamente el oficio lo que termina formando escritores.

Las corbatas de papá

Entre todos los temas abordados durante la charla, uno sobresale con una fuerza devastadora: la muerte de su padre.

Ricardo cuenta que un maestro le dijo alguna vez algo aparentemente cruel: que le tenía envidia porque él ya podía escribir sobre la muerte de un padre con verdad.

Aquella frase detonó algo en su interior.

De esa experiencia nacería “Las Corbatas de Papá”, uno de sus textos más impactantes y emotivos. En él relata cómo intentó conservar durante años el olor de su padre fallecido a través de sus corbatas.

La anécdota, profundamente íntima, terminó convirtiéndose en una experiencia colectiva.

Después de la publicación del texto comenzaron a acercársele lectores que habían hecho exactamente lo mismo con ropa, pañuelos o pertenencias de sus seres queridos. Personas desconocidas que encontraron en aquellas líneas un espejo de su propio duelo.

Ahí radica quizá la mayor fuerza de la literatura autobiográfica: en la capacidad de transformar una herida individual en una emoción compartida.

“No estamos solos”, dice el escritor.

Y en esa frase cabe toda una definición de la literatura contemporánea.

Convertir el dolor en material narrativo

Durante la conversación, Ricardo pronuncia una frase demoledora:

“Como escritor, lo mejor que te puede pasar son cosas malas”.

No lo dice desde el cinismo, sino desde la convicción de que la escritura permite reorganizar el sufrimiento y convertirlo en sentido. La literatura aparece entonces como una forma de supervivencia emocional.

En su caso, la vida estuvo atravesada por pérdidas tempranas, adicciones al alcohol y medicamentos para la ansiedad y la depresión, además de procesos de rehabilitación. Durante años, reconoce, destruirse parecía más viable que reconstruirse.

Hoy lleva más de cinco años sin beber.

Y en vez de anestesiar el pasado, decidió escribirlo.

Incluso ha contado que actualmente atraviesa una etapa simbólica de cierre de ciclos: lavar finalmente las corbatas impregnadas con el olor de su padre.

Ese gesto resume toda una filosofía literaria. La escritura no busca congelar el dolor eternamente, sino dialogar con él hasta transformarlo.

Sobrevivir escribiendo

Ricardo no romantiza la precariedad del escritor. Habla con absoluta honestidad sobre las dificultades económicas del oficio.

“Muy mal, pero se vive”, responde cuando le preguntan si se puede vivir de escribir.

Sin embargo, inmediatamente matiza esa crudeza con otra certeza: pocas cosas producen tanta satisfacción como escuchar a un desconocido decir que conectó con un texto suyo.

Para él, esa conexión justifica el esfuerzo.

Actualmente publica en revistas y medios como Gatopardo y el suplemento cultural Domingo de Milenio. Además, destaca que la crónica y el periodismo le han permitido ampliar públicos y obtener mejores oportunidades económicas.

“El periodismo es muy generoso con los que nos dedicamos a escribir”, asegura.

Redes sociales y nuevas generaciones

Otro de los puntos relevantes de la charla fue la transformación del ecosistema editorial a través de las redes sociales.

Antes, un escritor publicaba y rara vez conocía las reacciones de sus lectores. Hoy, plataformas digitales permiten una comunicación inmediata y emocionalmente cercana.

Ricardo reconoce que muchas editoriales observan el número de seguidores antes de publicar autores, pero también considera que las redes han democratizado el acceso a nuevos públicos.

La literatura dejó de depender exclusivamente de grandes instituciones culturales.

Y eso ha permitido que nuevas generaciones se animen a escribir.

Festivales como la FILEY, señala, funcionan precisamente como detonadores vocacionales. Aunque admite que el ritmo de esos eventos puede ser agotador, también reconoce que escuchar a otros escritores despierta algo poderoso en quienes apenas comienzan.

La escritura como una manera de darle la vuelta a la vida

La conversación en la calle 62 termina dejando una sensación extraña y luminosa. Ricardo Guerra no habla de literatura como una actividad solemne ni distante. Habla de ella como quien habla de un salvavidas.

Escribir, en su visión, no elimina las tragedias, pero sí permite reorganizarlas para que tengan significado.

Tal vez por eso insiste tanto en la vulnerabilidad. Porque cuando alguien se atreve a contar su verdad —aunque sea dolorosa— otras personas descubren que también pueden contar la suya.

Y en tiempos donde la soledad suele disfrazarse de éxito, velocidad o redes sociales, la literatura continúa funcionando como uno de los últimos espacios donde dos desconocidos pueden reconocerse en una misma herida.

Quizá ahí reside su verdadero poder. No en la fama, ni en los premios, ni siquiera en la publicación de libros, sino en esa posibilidad profundamente humana de acompañarnos a través de las palabras.

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