Altares del alma: Yucatán celebra la vida entre flores, sabores y memoria maya

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Donde los vivos honran a los muertos: el esplendor del Janal Pixán en la Plaza Grande

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El renacer de las almas: Janal Pixán une el pasado y el presente en Yucatán

Una celebración que llena de vida el corazón de Mérida

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Una de las fechas más esperadas del calendario yucateco llegó por fin. Con el sol apenas trepando por las torres de la Catedral de San Ildefonso, la Plaza Grande de Mérida se transformó en un mosaico de colores, aromas y sabores ancestrales.

La Muestra Estatal de Altares, orgullo del pueblo yucateco, reunió este año a más de 70 altares elaborados por representantes de municipios, dependencias estatales e instituciones académicas que compartieron con orgullo sus conocimientos sobre el Janal Pixán, la comida de las ánimas, esa tradición que alimenta tanto el alma como la identidad de quienes la mantienen viva.

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Entre flores, copal e incienso, las familias meridanas y visitantes nacionales e internacionales recorrieron los pasillos de la plaza, donde cada altar parecía narrar su propia historia: una conversación silenciosa entre los vivos y sus muertos.

Renacimiento maya y herencia viva

Durante la inauguración, el gobernador Joaquín Díaz Mena destacó que este encuentro se ha consolidado como una tradición transmitida de generación en generación.

“Aquí vemos lo más valioso de nuestra cultura maya —dijo—, y en este Gobierno del Renacimiento Maya promovemos y fomentamos nuestras tradiciones para que persistan en el tiempo”.

La ceremonia no solo celebró el respeto a los antepasados, sino también la fusión entre las raíces prehispánicas y las influencias mestizas que han dado forma a la identidad yucateca. La directora del Instituto para el Desarrollo de la Cultura Maya (Indemaya), Fabiola Loeza Novelo, subrayó que el Janal Pixán “es un acto de memoria, identidad y resistencia cultural”.

Por su parte, la titular de la Sedeculta, Patricia Martín Briceño, reafirmó el compromiso del Gobierno del Renacimiento Maya con la preservación del patrimonio inmaterial del estado, al señalar que “estas expresiones son el espejo del alma colectiva de los yucatecos”.

El altar como espejo del alma

Cada altar era una lección de historia viva. En el de Izamal, por ejemplo, el joven Pablo Rivero contaba con orgullo que su comunidad conserva “una costumbre que llevamos no solo en la memoria, sino también en el corazón”.

Sobre el altar, dispuesto con tres niveles que representan el cielo, la tierra y el inframundo, descansaban platillos típicos: mucbipollo, tamales de espelón, atole nuevo y dulce de pepita. Las ánimas, se dice, regresan a probar su esencia, y por eso cada ingrediente tiene un propósito sagrado.

Muy cerca, el altar de la Secretaría de Educación del Estado (Segey) llamó la atención por su fidelidad a la tradición regional. El profesor Gabriel Peniche Ferreiro explicó que no se usaron flores de cempasúchil —originarias del centro del país—, sino tajonal y flores locales, colocadas en troncos huecos de plátano. “Aquí utilizamos lo auténtico: todo se sirve en jícara, como hacían los pueblos mestizos de la Colonia”, precisó.

Sobre la cruz de cal, símbolo de purificación, reposaba un huevo: “por ser redondo no tiene principio ni fin, distrae al kisín (el diablo), para que las ánimas coman tranquilas”, explicó una joven de Temozón. En estos gestos sencillos se percibe la profundidad de una cosmovisión donde cada elemento tiene un papel en el equilibrio entre el mundo visible y el invisible.

La espiritualidad del Xibalbá en la Plaza Grande

En medio del aroma a copal y a tortillas recién hechas, la Plaza Grande se convirtió en un escenario simbólico del Xibalbá, el mundo subterráneo maya. Los visitantes caminaban entre las ofrendas como si cruzaran los umbrales de distintos tiempos y pueblos.

En el centro del espacio, un juego de Pok Ta Pok, el ancestral deporte de la pelota, recordó que la muerte y la vida eran, para los antiguos mayas, parte de un mismo ciclo.

El gobernador, acompañado de su esposa Wendy Yamile Méndez Naal, observó la demostración junto con decenas de familias. El sonido de la pelota golpeando las caderas resonaba entre las risas y el murmullo de los curiosos.

El presidente de la Asociación de Juegos y Deportes Autóctonos de Yucatán, junto con destacados jugadores internacionales, entregó al mandatario una medalla conmemorativa y un caracol firmado por los deportistas como símbolo de unidad cultural.

Sabores que evocan la memoria

Si el alma se alimenta del recuerdo, los sentidos lo hacen del sabor.

En cada esquina, los visitantes eran recibidos con dulces de calabaza, ciricote y camote, o con el tradicional xec de frutas —mezcla de naranja agria, mandarina, toronja y jícama—.

No faltaron los tamalitos de espelón, el mucbipollo horneado bajo tierra, y los tacos de cochinita pibil en sus dos versiones: negra y tradicional.

Los aromas se mezclaban con el incienso y el humo de las velas, formando un ambiente casi místico donde lo cotidiano y lo sagrado se entrelazaban. “Así se siente nuestra herencia: viva, colorida, compartida”, comentó una visitante mientras ofrecía un pedazo de tamal a su pequeño hijo, explicándole que era “para que recuerde lo que somos”.

Música, alegría y raíces

La nota alegre la pusieron los Charangueritos del Ritmo, un grupo de niños originarios de Tekantó y Kanasín, quienes interpretaron jaranas, sones y hasta un mambo de Pérez Prado.

Su música fue el eco de la vida que persiste, el ritmo del alma que no olvida. Alrededor, los asistentes aplaudían, bailaban y reían; porque el Janal Pixán, más que una ceremonia solemne, es una fiesta de amor y reencuentro.

Voces y costumbres que se entrelazan

El antropólogo Sergio Grosjean Abimerhi propuso que la muestra permanezca más días abierta al público, “para que más personas puedan admirar la diversidad de expresiones que hay en cada altar”.

Y es que recorrerlos es, en sí mismo, una lección de historia oral.

En el espacio de Izamal, los jóvenes María Valeria y Pablo contaban cómo en su pueblo se vive la llegada del Cristo de Sitilpech, patrono local que recorre en procesión las calles durante estas fechas.

Desde Tizimín, el alcalde Adrián Quiroz compartió que su municipio ya se prepara para los festejos de fin de año, con el tradicional convite del 9 de noviembre, la mega vaquería del 30 de diciembre y el baxatoro del 31, antes de la inauguración de la Expo Ganadera.

Así, el diálogo entre los pueblos de Yucatán se convierte también en una celebración de la vida comunitaria y de las costumbres que se renuevan año tras año.

Entre el cielo y la tierra: el altar como símbolo de unión

En el corazón del evento, los tres niveles del altar maya —el cielo, la tierra y el inframundo— se reflejaban en cada mirada. Las velas representaban la luz del camino; la cruz verde, el árbol sagrado Ya’axché o ceibo; y la comida, la conexión espiritual entre los vivos y los muertos.

Todo hablaba de una sabiduría antigua que aún palpita bajo el cielo del sureste mexicano.

Conclusión: la herencia que nos habita

Cuando el sol del mediodía comenzó a caer sobre la Plaza Grande, las sombras de los altares se alargaban como si los espíritus de los antiguos mayas caminaran entre los visitantes.

El Janal Pixán no es solo una conmemoración del pasado: es la afirmación de que la cultura maya sigue viva, latiendo en cada gesto, en cada sabor, en cada palabra pronunciada en lengua materna.

Y así, entre velas encendidas, flores de tajonal y risas de niños, Yucatán volvió a recordarse a sí mismo.

Porque en cada altar no solo se honra a los muertos: se celebra la eternidad de la identidad maya, esa que resiste el tiempo, como el aroma del copal que nunca se apaga.

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