En Antigüedades Cecilia los objetos no se venden, se salvan.

Antigüedades y Libros Antiguos Cecilia: un refugio donde el tiempo no muere-
Una historia que comenzó como un hobby y se convirtió en legado familiar.
Desde hace poco más de cuatro décadas, Antigüedades y Libros Antiguos Cecilia permanece en el mismo local de siempre, en el corazón de Mérida. Allí, entre el olor a papel antiguo, la madera barnizada por el tiempo y el brillo discreto del bronce, Ricardo Ojeda Germón continúa la labor que inició su tío abuelo, un hombre de ascendencia libanesa que, sin saberlo, daría origen a un rincón donde el pasado se preserva con amor y respeto.
“Esto comenzó como un pasatiempo”, recuerda Ricardo. “Mi tío coleccionaba objetos que le gustaban, hasta que descubrió que a sus amigos también les atraían. Y ahí empezó a verlo como un comercio, pero no de compra y venta, sino de rescate”.
La palabra “rescate” es clave para entender la filosofía de la familia Ojeda Germón. No se trata de vender objetos viejos, sino de salvar fragmentos de la historia, devolverles vida y ofrecerles un nuevo ciclo en manos de alguien que sepa apreciarlos. Por eso, como dice Ricardo, “nosotros no compramos antigüedades: las rescatamos”.

De la zapatería al arte sacro
El origen de esta familia emprendedora se remonta a los años 1910 o 1920, cuando los primeros libaneses llegaron a Yucatán dedicándose al comercio de calzado y armería. Sin embargo, el tío abuelo de Ricardo tenía otra pasión: el arte sacro.
Le fascinaban las imágenes talladas a mano, los santos con ojos de porcelana y cabellos reales, las piezas que sobrevivieron al sincretismo entre las culturas maya y española.
“El arte sacro tiene una historia muy fuerte —explica Ricardo—. Después de la conquista, los templos mayas fueron destruidos o convertidos en iglesias. Muchas piezas se perdieron, otras se transformaron. Mi tío sentía respeto por esas obras y quiso preservarlas”.
A lo largo de los años, el local se convirtió en un santuario de objetos: monedas, billetes antiguos, quinqués, máquinas de coser, instrumentos quirúrgicos, libros, relojes, estampillas y fotografías. Cada pieza, más que un producto, es una historia tangible.
Una pandemia y un renacer
Como muchos negocios tradicionales, Antigüedades Cecilia sufrió durante la pandemia. La madre de Ricardo, heredera directa del conocimiento familiar, decidió retirarse por miedo a enfermar. Sin embargo, su memoria sigue siendo el archivo vivo del establecimiento.
“Mi mamá no se acuerda de los libros que leía, pero sí sabe en qué año es cada pieza, quién la hizo o de qué país proviene”, comenta Ricardo con orgullo.

Tras ese periodo de pausa, Ricardo y su esposa Laura decidieron reaperturar el negocio, manteniendo la esencia de rescatar y compartir historia. Entre los objetos que más recuerda con nostalgia, menciona unas campanitas de bronce libanesas heredadas de su tatarabuelo, que finalmente se vendieron, pero no sin dejar una huella emocional: “Era una cascada de campanas dentro de campanas, con grabados en árabe. Me dolió venderlas, pero era justo que siguieran sonando en otra casa”.
Los jóvenes: nuevos guardianes del pasado
Lejos del estereotipo del coleccionista adulto, Ricardo asegura que el público más entusiasta hoy son los jóvenes.
“Nos sorprende ver chavales de secundaria y preparatoria fascinados por lo antiguo”, dice. “Les da curiosidad saber cómo funcionaba un teléfono de disco, un reloj de cuerda o una máquina de escribir. A veces no pueden pagar de golpe, así que les damos facilidades: apartan con 20 o 50 pesos, y cada semana abonan un poco hasta completar. Lo importante es que se vayan contentos”.

Para ellos, el concepto de “vintage” va más allá de una moda estética. Es una forma de conectarse con sus raíces o de regalar historia a sus padres y abuelos. Muchos buscan piezas simbólicas, como billetes fuera de circulación, estampillas o radios antiguos, que despiertan la memoria familiar.
“Ver a un joven comprando una pieza para su padre es emocionante —añade Ricardo—. Es como si le devolvieran un pedazo de su juventud”.
El valor del desgaste y la autenticidad
En el mundo de las antigüedades, la página del tiempo es tan valiosa como el objeto mismo. Ricardo lo explica con la serenidad de quien ha visto pasar miles de piezas por sus manos:
“Hay quienes quieren lijar, pintar, modernizar. Pero cuando haces eso, le quitas su alma. La belleza está en las marcas, en el óxido, en la historia que cuenta cada rasguño”.

Así, una lámpara minera, un quinqué o una máquina de coser pueden ser, a los ojos de un experto, testimonios de época, no simples adornos. La restauración, en Antigüedades Cecilia, se entiende como un acto de respeto, no de renovación. “Solo limpiamos lo necesario para que conserve su esencia”, aclara Ricardo.
El valor intangible del recuerdo
Muchos clientes llegan atraídos por la nostalgia. Un billete antiguo puede despertar recuerdos de la infancia; un libro amarillento, el eco de una biblioteca perdida.


Ricardo lo sabe bien: “A veces alguien viene buscando una pieza que tenía su abuelo. No por valor económico, sino porque representa una parte de su historia”.
Esa conexión emocional es el motor del negocio. En un mundo digitalizado, donde todo parece efímero, las antigüedades ofrecen permanencia. Son una forma de mirar atrás sin tristeza, de entender que el tiempo, más que un enemigo, puede ser un aliado.
El futuro del pasado
Hoy, la tercera generación de la familia Ojeda Germón continúa con el mismo compromiso: rescatar, preservar y compartir historia.
“Cada objeto tiene algo que decir —afirma Ricardo—. Nosotros solo somos los guardianes temporales. La historia no se vende, se transmite”.

Antigüedades y Libros Antiguos Cecilia sigue de pie, como una cápsula del tiempo donde conviven santos tallados, billetes de papel grueso, lámparas de queroseno y ediciones centenarias. Allí, entre el polvo y la memoria, los jóvenes descubren que el pasado no es algo muerto, sino una fuente inagotable de identidad.
Y quizás, en cada campanita que suena, en cada página que se abre, se escuche aún el eco de quienes comenzaron todo: aquellos libaneses que, hace más de un siglo, trajeron a Yucatán no solo comercio, sino cultura, curiosidad y amor por lo bello.
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